Acerca del valor de la Bioenergética en el presente: habitar la inteligencia del cuerpo.

13.02.2026

La reflexión que compartimos surge de una conversación entre Orlando Zaslavsky, Natalia Fried y Guadalupe Cifelli, en enero de 2026. La pregunta que orientó el encuentro fue: ¿qué puede aportar la terapia bioenergética en el contexto actual?. Una charla que siguió abriendo preguntas. ¿Cómo es el proceso de corregulación entre cuerpos? ¿Qué implica darle espacio a la inteligencia del cuerpo? ¿Qué posibilidades se abren cuando aprendemos a alojar y acompañar el movimiento de la vida?

La corregulación no se trata de control, sino de ritmo.

Cuando hoy hablamos de trabajo corporal, no siempre está claro que estamos hablando de la posibilidad de relacionarnos con la experiencia a través de un sentir y no a través de un concepto.

En la dimensión psico-corporal se hace evidente el mecanismo de defensa de la mente que lleva a encasillar y rotular las vivencias. Es una manera de protegernos frente a la intensidad y la incertidumbre que trae el movimiento de la vida. Pero cuando quedamos demasiado tomados por la defensa de la racionalización, el sentir queda restringido.

Desde la bioenergética aparece la posibilidad de autorregulación que se da, también, en la corregulación. El contacto con otros cuerpos es una oportunidad para entrar en un campo de resonancia que posibilita este equilibrio. Por eso nuestra formación incluye la dimensión vincular y grupal.

La experiencia es sentir lo que sentís, en eso que sentimos está la información. No se trata de observar las sensaciones y hacer una conexión mental con algo que me va a dar una comprensión, sino en habitar el sentimiento que va a develar información. En el sentir del cuerpo hay una inteligencia que se está manifestando.

Los procesos biológicos no necesitan ser comprendidos por el pensamiento para operar. El cuerpo ya sabe cómo digerir, respirar, sostenerse, moverse. Hay una inteligencia que no pasa por el neocórtex, y que sería demasiado lenta si tuviera que ser procesada solo desde ahí. No está ligada únicamente a la supervivencia, también está vinculada al placer, a la sensibilidad, a la vitalidad.

¿Cuánto enredo se arma cuando quedamos atrapados en la maraña del pensamiento? Me vienen dos casos recientes, ambos con personas formadas en psicoanálisis.

Una mujer de casi 80 años, con mucho recorrido de trabajo interno, relataba con claridad su mundo psíquico. A partir de una intervención, se conmueve por el recuerdo de su infancia marcada por la violencia materna. Después del trabajo que hicimos, dijo: "Este tema en análisis lo trabajé mucho, pero ahora pasó otra cosa", refiriéndose a la comprensión psicocorporal.

El otro caso de una paciente que atravesaba el proceso de duelo, con sensaciones de soledad, de desasosiego y de que algo se le desarmaba. Todo relatado desde un lugar muy conceptual. Cuando la invito a abrir más la boca y respirar más profundo, inmediatamente aparece un llanto y el reflejo de frenarlo. Entonces, comprendió desde la experiencia que sentir le producía miedo al descontrol.

Un aporte del trabajo somático, entonces, es liberarnos de las tensiones que impiden la circulación entre la dimensión del pensamiento y la del sentir.
¿Qué logra esto? restablecer una vitalidad. Cuando no está habilitada la dimensión del sentir, sucede que no hay ganas de, la vitalidad está inhibida. Lo vital implica una manifestación en el campo de la emoción.

En el inicio de la Bioenergética, a través de la voz de Alan Watts en Estados Unidos, California, circulaba la expresión dejar que fluya. Ese momento significó la ruptura de una estructura muy rígida. Hoy, la necesidad de ese fluir sigue estando vigente. En un contexto de vulnerabilidad e intensidad grande, sentir asusta. Pero es posible entrenar al cuerpo para alojar y sostener el movimiento de lo vivo, desbloqueando las inhibiciones y recuperando el funcionamiento natural.

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